Jerez, Andalucía.  Ogni volta che ci vado, non appena esco dall’auto e comincio a camminare per le strade, mi sento avvolta da una specie di “sfera” di tranquillità. Mi trovo bene, insomma. E le ore trascorse lì mi fanno riposare, sia che la città brulichi di gente come nel periodo di Natale e nelle piazzette, sedute ai tavolini dei bar, scopri nuvole di persone di ogni età spontaneamente insieme per una zambomba, sia che capiti in un pomeriggio di un sabato d’inverno mentre tutti riposano dopo pranzo e giri indisturbato per viuzze deserte. Forse è la “saggezza” del sud, forse la bellezza di una città ricca di storia, forse l’atmosfera gitana che aleggia… Non so, so solo che mi piace andarci.
Jerez è universalmente conosciuta: il suo vino, el jerez o sherry, è un biglietto da visita eccellente. Ma Jerez è “mucho más”, molto di più: il cavallo, il flamenco, il toro, lo sport, il circuito… È storia, cultura, tradizione che si sposa con la modernità…

Tutto questo è detto molto bene nel sito del comune di Jerez:
“Jerez es historia, es legado monumental, es cúmulo de atavismos y lugar de arraigadas tradiciones que son características de las ciudades que pueden presumir de dilatadas biografías. De orígenes aureolados por la mítica civilización tartésica que prosperó en las inmediaciones de la costa suratlántica andaluza, sabemos de la existencia de una Xera fenicia, luego intensamente romanizada con el nombre de Ceret, y de una Scherisch musulmana que alcanzaría gran protagonismo económico y militar hasta su caída en manos cristianas en 1264.
La herencia de tan largo devenir y de las diversas culturas que se asentaron en Jerez a lo largo de los siglos se nos presentan en vestigios que aún laten con viveza por la ciudad y su entorno. Si en los yacimientos de Mesas de Asta podemos contemplar lo que fueron sus primeros balbuceos pobladores, el Alcázar, Melgarejo y los restos del recinto almohade que defendieron a la población en la Edad Media nos ilustran sobre la importancia lograda por la Jerez islamizada. Y en sus numerosísimas iglesias cristianas, muchas de ellas erigidas en el último gótico y enriquecidas con la incorporación de elementos arquitectónicos renacentistas y barrocos, la ciudad nos informa de la preocupación artística que siempre orientó toda su actividad constructora.
Si las iglesias de Jerez nos sorprenden por su número y por su riqueza, la nómina de palacios renacentistas, barrocos y neoclásicos erigidos por la aristocracia agricultora y la burguesía vinatera no le va a la zaga. Junto a ellos, las bodegas de Jerez, auténticas catedrales del vino en las que, incluso, podemos encontrar una arquitectura rayana en el lujo, confieren a la ciudad la peculiar fisonomía urbana que le es propia.
La Jerez moderna y acomodada a los nuevos tiempos, de grandes avenidas y de concurridos centros comerciales, de vida cultural activa y de elementos tan innovadores como pueden ser su Circuito Permanente de Velocidad, sus magníficas infraestructuras turísticas o sus complejos deportivos, convive a la perfección con tanta tradición y con tan rico legado monumental a cuya sombra permanece viva la cotidianidad pausada, lo circunspecto y la mesura que siguen respirándose en sus barrios más castizos. Toda una filosofía de la vida.”

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