Un conocido político italiano de los años 60/70 afirmó que “el poder desgasta a los que no lo tienen”, yo siempre lo había considerado una broma, una frase divertida, dicha por uno que había estado instalado en el poder mucho tiempo (es decir ejerciendo en altos cargos  del Estado). Últimamente, algunos hechos inquietantes me han recordado esa frase que ahora, sin embargo me  parece de una gran lógica, al menos en su interpretación más inmediata.

Me refiero a los acontecimientos que están teniendo lugar en España, pero podría aplicarla a los fenómenos italianos y a otros que están surgiendo en varios países de Europa. Quién no está en el poder – aunque sería mejor decir “en el gobierno” porque vivimos en países democráticos – sufre una especie de degaste interior  que no le da respiro y busca maneras de y medios para derrocar a los que han recibido legítimamente  el mandato de gobernar por el veredicto de las urnas.

Es como una especie de virus en la sangre que infecta todo el organismo, un virus que se llama intolerancia y que genera violencia: verbal y física. Son de estas últimas semanas los episodios de ataques de diversa índole a diputados, alcaldes y consejeros, justificados hipócritamente enarbolando la bandera de la defensa de los derechos de los más afectados por la crisis.

La agresividad de uno de estos “defensores del pueblo” era más que evidente en un debate televisivo que tuve ocasión de ver en estos días, pero, quizás aún más grave, a mi juicio, era la falta de claridad de algunos tertulianos que esclavos de ideologías trasnochadas, elucubrando reflexiones inconcluyentes, sin tener el valor de decir una palabra clara de condena de la violencia en sí misma. Seamos claros: la violencia, independientemente de donde venga o que fin persiga es un mal y tiene que ser condenada sin atenuantes. Decía Gandhi: Me opongo a la violencia, porque cuando parece causar el bien,  este sólo es temporal, el mal que causa es permanente.” 

Y esto vale también para la  intolerancia política, que ve fuera de su propio partido y de sus propias ideas solo enemigos que atacar hasta las últimas consecuencias.

Hay una escalada de episodios de intolerancia de este tipo que no tendrían que ser subestimados; desde  los asaltos a los  supermercados para robar  comida para la desempleados, a las intimidaciones a quienes no se adhieren a una huelga, ejerciendo también su derecho y su libertad, a  la publicación en la primera página de un periódico de un titular acusatorio sin más evidencia que la de impactar con un scoop o a los  intentos de entrar en las casas de algunos diputados llamándoles asesinos…

No podemos minimizar estos hechos, tampoco hay que creer que se trate solo  de un viento pasajero; las malas hierbas crecen en un jardín sin que nos demos cuenta y si no se quitan a tiempo terminan por ahogar las flores. No es para estar tranquilos solo por el hecho de que nosotros no seamos así y por tanto el tema no nos toca… Frente a la propagación de la intolerancia todos somos responsables; retirarse en la cómoda seguridad de nuestra privacidad no denunciando estos hechos es de alguna manera favorecer estos comportamientos.

La falta de moralidad en la acción social es responsabilidad de todos. Tenemos que redescubrir, regenerar y reconstruir el respeto por los demás, sean quienes sean; debemos cultivar el diálogo como motor de la sociedad civil.

Una de las consecuencias de esta situación es la desafección generalizada a la política, una de las enfermedades más graves y agudizadas  en las democracias occidentales en los últimos años;  no nos olvidemos, por tanto, que la renovación de la política no depende sólo de los políticos, ellos son  el reflejo de la sociedad que los genera.

Tenemos que encontrar los antídotos para devolver a la política su razón de ser, volviendo a sus raíces.  Ta Politiká, es decir  a “las cuestiones relativas a la ciudad” (polis), Aristóteles afirmaba  que la polis es una forma de comunidad constituida para fomentar un bien; y que es la única que permite a los hombres realizar las  potencialidades más típicamente humanas y, por lo tanto, alcanzar la felicidad.  De ahí su famosa afirmación que “el hombre es por naturaleza un animal político”, con la consecuencia de que quien no vive  en la comunidad política es claramente inferior o superior al hombre, o es un dios o una bestia.

Mujeremprendedora n. 147, abril 2013

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