Aun recuerdo con que orgullo mi madre me mostró el carnet de voluntaria de hospital. Cuando se jubilaron, mis padres vendieron la tienda en la que habían trabajado juntos durante 25 años y mi madre, frente a la cantidad de tiempo libre, que según ella se le planteaba, decidió con el apoyo de mi padre, dedicar su tiempo aquellos que más lo necesitaban. En estos días he revivido mentalmente muchos momentos de aquel periodo, quizás condicionada por el hecho que la Navidad ya cercana abre espacios para la solidaridad o quizás porque justamente este mes de diciembre, concretamente el día 5, se celebra el Día Internacional del Voluntariado.

 

También ha coincidido con la “Gran Recogida” que el último fin de semana de noviembre ha realizado el Banco de Alimentos y que ha mostrado la generosidad de los españoles, sin distinción  entre norte y sur.  Se recogieron 14 millones de kilos de alimentos, un 40% más de lo previsto e incluso muchos Bancos de Alimentos de muchas ciudades han tenido que buscar otros locales ante la avalancha de donaciones. Seguramente la mejor noticia.

 

Es un mundo silencioso, este del Voluntariado, sin embargo es real y concreto; un universo sumergido que, cuando te acercas a esta realidad  te descuadra positivamente: desarma la normalidad con la que estas personas ponen a disposición  tiempo y energía de modo desinteresado hacia los más necesitados preparándoles la comida, recogiendo alimentos en supermercados  seleccionando productos y prendas de vestir. Sorprenden y conmueven los motivos llenos de significado que se esconden debajo de cada gesto, sin tener que usar por usar superficialmente palabras como solidaridad, justicia social, desempleo, pobreza  y airearles como banderas partidistas y caza votos. Los ojos de los voluntarios ven personas de carne y hueso, personas que sufren injusticias, que tienen necesidad de ayuda material, de comida, de vestidos, de trabajo…

 

¿Qué seria la sociedad civil sin el voluntariado? ¿Nos lo hemos preguntado alguna vez? ¿Se lo preguntan esos que atacan estas formas de compartir proclamando que es el Estado el único que tiene que responder a las necesidades de los ciudadanos? Quizás tendría que ser así, pero desde que el mundo es mundo, el Estado no ha sido capaz por sí solo de resolver los problemas sociales. Además, este indeterminado Estado, ¿no está hecho precisamente de todos nosotros juntos, de ti, de mí…? El voluntariado suple el vacío que deja la inoperancia o los límites de algunas instituciones y con su ejemplo puede ayudar a los responsables de lo Público para que mejoren leyes y estructuras a la luz de hechos concretos. Trabajan mucho estos voluntarios aunque su operar no se definiría “trabajo” y desde luego sería difícil de cuantificar.  Surge de la libre voluntad de hacer el Bien. Una voluntad que suele residir en los corazones generosos  y que siempre encuentra el modo de expresarse en mil maneras.
En Toscana, donde he vivido durante muchos años, conocí a una de las organizaciones de voluntariado  más antiguas de Italia: ” La Misericordia “, fundada en 1244 por San Pedro Mártir en una ciudad como Florencia que en aquellos tiempos se desangraba  por la lucha entre Guelfi e Ghibellini y contra los herejes.

 

Varias compañías o confraternidades  se fundaron en ese periodo, pero la Misericordia se distinguió de las demás por unir a la oración comunitaria el ejercicio efectivo de la caridad sin límites. Después de ocho siglos, La Misericordia Florentina, sigue funcionando. A menudo tuve modo de comprobar su eficacia en el servicio, por ejemplo con el servicio de ambulancias al que tuve que llamar a veces durante la enfermedad de mi madre.  Era como si ese servicio que mi madre había prestado como voluntaria durante 17 años ayudando a tanta gente, ahora le retornase a través de estos voluntarios. El “dar”, cuando es gratuito, antes o después recibe una respuesta.

 

Mujeremprendedora n. 154, diciembre 2013

www.mujeremprendedora.net @M_Emprendedora