“Para empezar” se llama este espacio de Mujeremprendedora desde el que asomo todos los meses, para comentar un hecho interesante, una idea que pueda cambiar algo dentro o fuera de nosotras o hablar de una persona en cuya vida encuentro algo de imitable.  En este sentido me puse delante del ordenador, dispuesta a escribir algo  en sintonía con las fechas, sabiendo que es tiempo de balances y de retos. Mientras intentaba encontrar algo de interés, un correo electrónico de una amiga me regalaba esta historia.

 

Leo Grand, de 37 años, una de esas personas  sin techo que vive en las calles  de Nueva York, que había llegado a esa situación después de haber perdido  en 2011 su puesto de  trabajo en una compañía de seguros. En uno de esos días tórridos a finales de  agosto se le acerca un hombre joven  sosteniendo en su mano  un billete de 100 dólares haciéndole una pregunta: “¿Preferirías estos 100 dólares ahora o dos meses de lecciones para aprender programación de  informática?” Algunos segundos para pensarlo, y Leo le responde: “No sé nada de ordenadores. Pero me gustaría encontrar un trabajo y comenzar de nuevo. De acuerdo”

 

El joven es Patrick McConlogue, un programador de 23 años de edad, que a menudo pasaba por aquella calle viendo en qué condiciones se encontraba Leo. Sentía siempre el deseo de ayudarlo pero no quería que fuese solo un acto de beneficencia, por eso aquel día pensó que lo mejor que podía hacer era ofrecerle aquello que él sabía.  Comenzaron las primeras lecciones, allí mismo, en la calle. Patrick se había  procurado algunos libros y un ordenador portátil barato. Pasada una semana, una mañana,  la policía detiene a Leo por allanamiento, había dormido en el interior de unos jardines públicos que cerraban por la noche.   Lo peor de todo es que habían confiscado el ordenador creyendo que fuese robado. Leo protestaba: “Tengo un trabajo que hacer “, decía,  pero ¿quién podría creer a un vagabundo?

 

Una vez más,  Patrick acude en su ayuda  dando las explicaciones necesarias a la policía. Mientras tanto, la historia había corrido por internet  suscitando todo tipo de reacciones: había quien pensaba que se trataba de un truco publicitario  y quien veía en aquella historia un cuento de hadas… Sin embargo, algo pasó de positivo, el  jefe de Patrick se enteró y puso a disposición un despacho en la empresa ya que el invierno se estaba echando encima y habría sido imposible seguir las clases en medio de la calle. En esta nueva situación, se intensificaron las lecciones.

 

La vida del Leo estaba a punto de cambiar de verdad: en esas semanas había aprendido todo lo necesario para  diseñar su primera aplicación para smartphone,  la  llama “Tree for cars”, ” Arboles en Vez de carros “, un aplicación que apuesta por la protección del planeta, al  conectar personas y conductores que tengan que viajar al mismo lugar.  De esta forma, cuando ambas están de acuerdo a través de la aplicación, usan el mismo transporte para evitar usar uno adicional. También muestra la cantidad de CO2 que se evita generar, al compartir un solo transporte entre varias personas.

La app se puso en venta en la App Store de Apple y de Google a mediados de diciembre. La nueva aplicación ha recogido ya miles de adhesiones. Leo ha decidido no pararse y decía a todos: “Gracias a este acto de amor mi vida está cambiando de verdad”.

 

También para  Patrick algo o mucho ha cambiado también. “Ha sido la experiencia más gratificante de mi vida”, declaraba en la web  Mashable. Y, de hecho, ha puesto en marcha un proyecto mucho más grande aún: con  otros 150 programadores ofrecerán clases gratis de programación a personas que quieran salir de una situación de pobreza extrema.

 

Me ha gustado mucha esta historia, hecha de voluntad, tenacidad, paciencia… por ambas partes. Me ha parecido el mejor modo de desearos ¡FELIZ AÑO NUEVO!

 

Mujeremprendedora n. 155, enero 2014

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