Immaculée había vuelto a casa para las vacaciones de Semana Santa; era universitaria y profesores y compañeros la consideraban una  estudiante modelo por sus resultados a pesar de la discriminación  existente en esa sociedad dominada por los hombres como es su patria. Sus padres, ambos maestros, estaban muy orgullosos de ella; Immaculée era la única niña de 4 hijos. Su familia muy unida era un modelo y punto de referencia para todo el pueblo. Hasta que se desencadenó el infierno. Fue en abril de 1994 en Ruanda.

Este año, en todo el mundo, veinte años después del genocidio, se han llevado a cabo homenajes para recordar a las víctimas, y proclamar  en voz alta: “¡Nunca más!”  Durante  tres semanas, un millón de seres humanos – hombres, mujeres niños – murieron asesinados a golpe de machete; uno a uno de la manera más atroz. Asesinados por los vecinos, con los que unos días antes se reía y se bromeaba. Los hutus en el poder invitaban  a exterminar a los tutsis, las “serpientes”, culpables según ellos de haber asesinado al presidente. Se desencadenó un verdadero delirio.

Las masacres eran diarias. Los escuadrones de la muerte no respetaban ni las iglesias. Entraban por doquier, drogados y borrachos matando a todos los que encontraban, sin piedad.  Immaculée Ilibagiza tenía entonces tan sólo 22 años; sus padres empujaron a ella y al hermano más pequeño a buscar refugio en casa del pastor protestante de etnia hutu que le ofreció a ella y a las mujeres que la acompañaban un minúsculo cuarto de baño que se convirtió en su bunker mientras duró la masacre.

El cuarto donde estaban escondidas medía un metro por un metro y medio, con una ducha y un inodoro.
Immaculée y las otras siete mujeres pasaron 91 días consecutivos, sin hacer ningún ruido, sin hablar entre ellas; sin poder cambiarse de ropa y sin poder dormir acostadas. Compartían un solo plato de frijoles al día. De vez en cuando había redadas y registros en la casa del pastor. Eran horas interminables donde el miedo se mezclaba con los feroces cantos de las bandas armadas en los alrededores. Una noche, oyeron los gritos agonizantes de una madre que fue asesinada, y luego, durante toda la noche, el llanto más débil de su bebé recién nacido, que moriría al amanecer. En otra ocasión, Immaculée oyó voces que venias desde fuera de la casa comentando la  ejecución despiadada , llena de sarcasmo macabro, de un joven que no podía ser otro que su hermano .

Llena de odio y resentimiento, Immaculée pensaba constantemente a cómo podría vengarse si habría salido viva de allí. Era cristiana, como toda su familia, y a menudo rezaba, pero siempre se quedaba atascada en una frase: “Perdona nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Sin embargo, una noche, un pensamiento comenzó a hacerse camino dentro de ella: “Estamos hechos para cosas aún más grandes que los que hay aquí … y mi fe me dice que hay un cielo y la eternidad …”  Ese pensamiento la empujaba a confrontarse, en medio de una lucha interior, con otro pensamiento también exigente y fuerte: el perdón. “Cuando me di cuenta de lo que significaba, fue  como quitarme un gran peso de encima  Me parecía que ya no estaba en ese pequeño baño sino rodeada de  flores. Empecé a pensar en el futuro… fue el regalo más grande que había recibido en mi vida”.

No era sólo un propósito. Tan pronto fueron liberados, Immaculée regresó a su pueblo, fue a la cárcel, donde estaba el asesino de su madre y de su hermano, y acercándose a él simplemente le dijo: “Yo te perdono”. “Ante mis ojos – decía Immaculée – tenía a  alguien que habría podido hacer el bien,  sin embargo había escogido el  camino equivocado, terminando de esa manera. Sin duda era necesario hacer claridad sobre todo lo que había sucedido, por mí y por el,  quería darle una oportunidad, para que se diera cuenta de lo que había hecho”.

Hoy Immaculée vive en los EE.UU. pero la llaman de todas parte para que cuente su experiencia; y ella habla de su fe en los demás, de ese querer ver en los demás, incluso en aquellos que hacen daño, una “capacidad de bien” “Rwanda – dice ella – ha acabado en un genocidio porque la gente ha olvidado el amor reciproco: yo trato de recordarlo a todos y esto es lo que más feliz me hace. Espero que mi historia ayude a la gente a entender y vivir este mensaje”.
No quiero hacer ningún comentario, las palabras mueren en la garganta ante semejante historia. Sólo me sale un “gracias” hacia esta mujer de Ruanda y el deseo de darla a conocer. 

 

PORTADA-159-webEn Mujeremprendedora n. 159, mayo 2014

www.mujeremprendedora.net @M_Emprendedora