La noticia que Teresa Romero había superado el ébola ha dado a todos un respiro. La primera persona que ha contraído la enfermedad fuera de los países afectados, ha ocupado – justamente – las portadas de los medios a lo largo de varias semanas; y con ella, también las noticias de la propagación del virus en Liberia, Sierra Leona, Guinea… Así como la investigación sobre la enfermedad, las vacunas experimentales o las medidas para protegerse.

Hoy, (son los últimos días de octubre cuando escribo estas notas) se vuelve a hablar de Teresa Romero no solo celebrando su curación, sino esta vez para seguir especulando, con razón o sin ella, sobre las medidas adoptadas y sobre la profesionalidad de los médicos y del personal sanitario que han tenido que ver con el caso. Probablemente sin tener en cuenta que se trata de personas, se lanza “el caso” a la arena política y mediática donde en el fondo de lo que se trata es de conducir una campaña a favor propio. Con esto no pretendo decir que no se tengan que pedir aclaraciones y responsabilidades, si se han tenido comportamientos incorrectos. A este punto, y es una opinión, no quiero entrar en detalles en esta breve reflexión porque lo que me importa es llegar a un aspecto mucho más grave de esta cuestión.

Deseo de todo corazón que Teresa tenga la fuerza de estar por encima de estas “luchas” y que de ella no nos quede otro recuerdo que la imagen de una enfermera que no se ha negado a prestar asistencia a un enfermo  gravísimo y portador de una tremenda enfermedad contagiosa de la que aún no se tiene vacuna ni remedio, con el riesgo que eso comportaba.

Lo que considero absolutamente incomprensible es el hecho que ahora ya no se hable casi nada  y solo en algunos círculos, de cómo se está desarrollando la situación del ébola en los países africanos afectados, de cómo va la investigación de las posibles vacuna o de cuantos nuevos seres humanos mueren por la enfermedad cada día. Porque esta es la cuestión más importante: de ébola se sigue muriendo. Hace pocos días leía la carta de un misionero español en Sierra Leona publicada en un periódico de nuestro país: “Quiero comenzar esta carta manifestando mi satisfacción y alegría por la recuperación de doña Teresa Romero; desde aquí hemos seguido su evolución y ha sido una grata noticia saber que está completamente curada, así como los resultados negativos de los-as que estaban en observación. ¡Mucha suerte Dª. Teresa y familia! Aquí van aumentando los que son dados de alta habiendo tenido el ébola… lo malo es que al regresar a casa algunos de sus seres queridos ya no están, el ébola se los llevó. En el país el número de curados asciende a alrededor de 750. Por desgracia el número de afectados y muertos sigue sin bajar y se mantiene alto: afectados más de 3.600, muertos más de 1.300. Cifras «oficiales», los que se han podido cuantificar…”

Se comprende, leyendo estas líneas, la reacción de una ONG: “El contagio por ébola de una auxiliar de enfermería en España ha suscitado mayor interés y conciencia sobre la gravedad de esta enfermedad que las más de 3.500 personas fallecidas en África. Una vez más, la realidad nos muestra su cara más cruda: que en el mundo actual no a todas las vidas se les da el mismo valor y que cuando más preocupación mostramos por lo ajeno es cuando puede tocarnos de cerca”. Palabras muy duras pero incontestablemente verdaderas.

Preguntémonos y respondamos con sinceridad: ¿habríamos tomado suficiente  conciencia de esta epidemia y de su gravedad si no se hubieran contagiado algunos occidentales? ¿No se habría quedado en “un problema de los negros” allí en África?

Ahora, con tono alarmante, son muchos los que repiten que hay que hacer algo urgentemente; lo dice la ONU, lo repite desde hace meses “Médicos sin fronteras”, lo pide Papa Francisco: la respuesta de la comunidad internacional sigue siendo lenta, con cuentagotas, mientras la crisis médica y humanitaria generada por el ébola amenaza a millones de personas en África Occidental.

¿Por enésima vez Occidente llegará tarde a una emergencia  como esta?  ¿Dejaremos  que siga campando a sus anchas la globalización de la indiferencia?

Es la indiferencia, el peor virus de este siglo XXI. Mucho peor que el del ébola.

 

PORTADA 164En Mujeremprendedora n. 164, noviembre 2014

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