Otro año más está llegando casi a su fin… Será un cliché, pero es cierto que, sobre todo a partir de una cierta edad, los años parecen correr más de prisa. 2015 está terminando y recuerdo como si fuese ayer la víspera del año 2000, el comienzo de un nuevo siglo y de un nuevo milenio que queríamos afrontar con esperanzas y expectativas, con nuevos propósitos y proyectos anunciados. Nadie puede negar que hemos logrado algunos avances, por ejemplo en el ámbito social, con una reducción importante de la pobreza extrema; o en el campo de la medicina con el progreso en el tratamiento del cáncer y otras enfermedades; o en el campo de los derechos humanos o en el de la igualdad entre hombres y mujeres.

Por otra parte, echando una rápida mirada atrás, a los últimos 15 años, creo que en la mente de todos nosotros, inevitablemente, aparecen primeramente las imágenes inquietantes de la destrucción de las Torres Gemelas en 2001 o la masacre de Bataclan en noviembre pasado, la fila de ataúdes de los inmigrantes muertos en Lampedusa o el cuerpo del pequeño Aislan, muerto como otros tantos miles de niños mientras cruzaban el Mediterráneo, en esas precarias embarcaciones, repletas de seres humanos y de desesperación.Y mientras se buscan soluciones y acuerdos a los flujos migratorios, otras personas erigen muros, donde hasta hace poco se consideraba una conquista democrática haber derribado fronteras.

Y mientras la nave de la diplomacia mundial hace agua en la lentísima tentativa para detener o evitar conflictos armados, se abren nuevos frentes de guerra, incluso la “guerra fría” vuelve a hacer acto de presencia cuando ya creíamos que era solo un fantasma del pasado.

Mirando esta imagen que acabo de describir, se diría que el Bien pierde, y mucho, en este primer acto del siglo. Poco o mucho, todos nos sentimos en una tierra “en riesgo”. Hay una degradación real del cosmos que hay absolutamente que frenar, pero también hay una degradación de las relaciones humanas, por no hablar de las diversas formas de violencia. A veces, se tiene la impresión de una tensión constante de todos contra todos, como si la conflictividad se hubiera apoderado de la esfera social, de la política, y de la privada, como si se hubiera convertido en un ‘estatus’ permanente. Con estos pensamientos en la mente y en el corazón, hace unos días cayó en mis manos un escrito que recoge las diferentes versiones de una frase común a todas las religiones y filosofías, la que se conoce como “la regla de oro”. Es la misma para los cristianos, judios, hindúes, etc., aunque expresada con diferentes matices. ¿Algunos ejemplos?

“No hagáis daño a los demás de de ese modo que a ti tambien te haría daño” (Budismo), “Ninguno de vosotros será un creyente hasta que no desee para su hermano todo lo que desea para sí mismo” (Islam ); “Lo que es odioso para ti, no lo hagas a tu prójimo” (Judaísmo); “Esta es la sintesis de tus deberes: no hagas a otros lo que causaría dolor si te lo hicieran a ti” (Hinduismo); “Haz a los demás lo que te gustaría que te hicieran a ti” (Cristianismo)…

La frase me parecía de una sabiduría insondable y me ha llegado como una gota de luz. Esta frase, si la viviéramos, sería suficiente para revertir nuestra vida y la de la sociedad en su conjunto. Creo que sería indispensable recomenzar desde aquí: más allá de toda esa diversidad que pretendería a toda costa fragmentarnos. Persisto en seguir creyendo en la posibilidad de ser” prójimos” unos de otros. Y a ningun precio renuncio a luchar por transmitir aunque sea una sola gota de Bien a través de mi trabajo y mi vida diaria.

Se acerca la Navidad, una fiesta cristiana, amada, respetada y reconocida universalmente, incluso por aquellos que se consideran laicos en el verdadero sentido de la palabra. Una oportunidad para dar espacio a la reflexión y para enfocar mejor nuestro mundo interior. Un momento, por decirlo de otra manera, para encontrar el valor de intentar crear un mundo diferente. Cada uno de nosotros sabe cómo y qué hacer.

PORTADA-162En Mujeremprendedora n. 162