Black and white thinking, así llaman en inglés el modo de pensar que divide con un corte seco la realidad en luz y sombra borrando complejidad y variabilidad, y por supuesto todos los matices.

Técnicamente, el nombre suena aún peor: pensamiento dicotómico; usarlo es creer que las cosas sólo pueden ser completamente correctas o completamente equivocadas, que las personas son amigas o enemigas, que los días son perfectos o   repugnantes, que todo lo que no es un éxito es un fracaso, y que todo lo que no es virtuoso es vicioso, que se tiene del todo razón o que se está completamente equivocado, y así sucesivamente.

El pensamiento dicotómico lo definen los psicólogos como una “distorsión cognitiva”; de hecho, tiende a esquematizar haciendo distinciones netas, estrictas y permanentes, reduciendo así la realidad de las personas y de los acontecimientos en dos categorías opuestas excluyentes entre sí o poniéndolas entre ellas en un conflicto irreparable. Y mientras que la realidad de las personas y de los acontecimientos, que a veces puede parecer un caos indescifrable es, sin embargo, algo bastante complejo y multifacético. Los psicólogos dicen que el pensamiento dicotómico es indicativo de la posible presencia de un trastorno de la personalidad.

El pensamiento dicotómico es, sin duda, confortable, sobre todo si el pensador se pone a si mismo automáticamente en la parte de la razón, la inteligencia, la justicia, la belleza y la verdad.

En estos días, abriendo el periódico o mirando noticias online, o escuchando un informativo, he comenzado a hacer una lista de ejemplos de pensamiento dicotómico que protagonizan la información, y he constatado la enorme cantidad de pensadores en blanco y negro que nos circundan. Hay quien predice catástrofes si el mundo no hace lo que ellos dicen, quien ignora la evidencia del contrario y no manifiesta, nunca, alguna duda. En general, los “Black and white thinking” desprecian y harían todo lo posible por eliminar del universo a aquellos que no comparten sus opiniones.  Os invito a hacer el mismo ejercicio que para mí ha sido y es muy útil…

Seamos honestos, todos sabemos que todos nosotros albergamos en nuestro cerebro   esquematizaciones dicotómica: Naturaleza y cultura. Oriente y occidente. Paz y  guerra. Público y privado. Masculino y femenino. Vicio y virtud. Ciudad y campo. Libertad y opresión. Derecha e izquierda. Salud y enfermedad. Razón y sentimiento. Juventud y vejez. Y así sucesivamente.

Sin embargo, entre un polo y el otro hay un abismo, hay un área más o menos extensa,  en la que hay que adentrarse, atentos a todas las tonalidades cambiantes, que una visión paciente, razonable y equilibrada del mundo nos puede dar.

Actuar en base a dicotomías limita nuestra capacidad de leer y entender el mundo, reduce la cantidad de opciones que tenemos disponibles y borra cualquier posibilidad de mediación y síntesis; nos impide buscar soluciones creativas porque si el camino correcto es uno y sólo uno, no hay espacio para la invención de cualquier alternativa nueva o mejor. Es un pensamiento de tipo egocéntrico e infantil: los niños pequeños no tienen suficientes herramientas cognitivas para captar la gradualidad y los matices  o para aceptar la ambigüedad. Y, por último, advierten los psicólogos que este tipo de pensamiento causa la depresión: lo que no va bien seguirá empeorando. Lo que está mal llegará a ser irreparable. Lo que es feo se convertirá en monstruoso… y no hay otras salidas.

Hay que defenderse contra este fenómeno, que lo simplifica todo y alimenta aquello que algunos llaman la “gran banalización” del mundo en que vivimos, donde se ha perdido el gusto por los matices y la curiosidad por descubrir las similitudes.  El mundo no es blanco y negro, pero la alternativa no son los muchos tonos de grises. Son los colores, la mirada de colores que dan sabor a nuestras vidas. Tenemos que recuperarlos, mantenerlos ante nuestros ojos todos los días y, sobre todo, traducirlos en esperanza para los que nos rodean.