No puedo mantener la mirada en la imagen de Lamiya sin sentir en mí un irreprimible sentido de rebelión; su rostro desfigurado es el grito más fuerte de condena a la violencia del DAESH que ningún adjetivo puede definir ni siquiera por aproximación.

Lamiya tiene sólo 18 años y Nadia 23 años;  su rostro no está desfigurado y sin embargo, su historia no es menos atroz, la han desfigurado en el “interior”.  Ambas son de un pueblo, Kocho, en la frontera con Siria, ambas son  “culpables” por ser yazidíes, ambas esclavizadas, torturadas, violadas durante meses, hasta que  lograron huir de un genocidio espantoso perpetrado por DAESH en el norte de Irak. Sus nombres entraron en nuestras conciencias a finales de octubre, cuando el Parlamento Europeo les ha otorgado el Premio Sájarov a la libertad de expresión. Sus nombres son Nadia Murad y Lamiya Aji Bashari.

El anuncio del premio se conoció poco días después  del inicio de la ofensiva  militar para liberar Mosul, la segunda ciudad más grande de la antigua Mesopotamia que se convirtió en la “capital” del Califato. Nadia y Lamiya, dijo el presidente del Parlamento Europeo, Martin Schulz, “se han convertido en la voz de las mujeres víctimas de la campaña del Daesh de violencia sexual y esclavitud”, y el premio demuestra que “Europa no es indiferente y se compromete para apoyar a estas personas valientes que encarnan estos valores”.

Los Yazidíes son una población de origen kurdo que práctica una religión antigua que contiene elementos del Islam, el cristianismo y el zoroastrismo. Por esta razón, son considerados por los extremistas islámicos como los peores infieles.

El 3 de agosto de 2014 comienza la pesadilla para estas  dos chicas. Ese día, en su ofensiva en Irak, el DAESH ocupa su pueblo. El 15 de agosto los milicianos masacran a los  hombres y separan a las mujeres: matan a las mayores y esclavizan a las demás. “Lo que hicieron a las mujeres era peor que la muerte”, dijo Nadia, que, en noviembre de 2014, con la ayuda de una familia que la acompañó en secreto fuera de la zona controlada por los yihadistas, logró escapar y después de algún tiempo llegar a Alemania.

Para Lamiya el martirio duró más tiempo. Vendida a un líder del Daesh en Raqqa, la “capital” de los terroristas en Siria, se vio obligada a ayudar a su torturador incluso a construir bombas y mientras se le obligaba  a toda clase de prestaciones sexuales. Intentó huir varias veces, hasta que, gracias a unos contrabandistas pagados por su familia, en abril de 2015, lo logró, pagando en su huida un alto precio. Durante la fuga,  una mina terrestre explotó: las dos personas que la estaban ayudando murieron y ella resultó gravemente herida y perdió casi totalmente la vista. Fue llevada rápidamente a Alemania para recibir tratamiento médico. Después de la curación, ahora se dedica a sensibilizar sobre las atrocidades contra los yazidíes, para ayudar a las mujeres y niños víctimas de la violencia del Daesh.

En diciembre de 2015 Nadia fue invitada a hablar ante el Consejo de Seguridad de la ONU: “Morimos todos los días porque el mundo guarda silencio frente a nuestra tragedia”, dijo.

El pasado septiembre Nadia se convirtió en el primer embajador de la UNODC (Oficina de las Naciones Unidas de Fiscalización de Drogas y Prevención del Delito), y es en este papel que está participando en varias iniciativas para que se conozca la situación de esclavitud en la que muchas personas viven en todo el mundo. Para Nadia el premio “es un poderoso mensaje al grupo terrorista Daesh: su criminal falta de humanidad es condenada y sus víctimas son honradas por el mundo libre”.

El próximo 14 de diciembre Nadia y Lamiya recibirán el premio en la sede del Europarlamento en Estrasburgo; esperamos que sea, ante  todo, la ocasión de un llamamiento  a la comunidad internacional para que se dedique más atención a los yazidíes, a los miles de mujeres y niños que siguen en cautiverio, a los miles de desaparecidos y a los cientos de miles de personas desplazadas en Irak y en otros lugares. Para que no se siga muriendo ante el  silencio del mundo.

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En Mujeremprendedora n. 186