Todavía recuerdo la sensación que experimenté la primera vez que me encontré cara a cara con el muro de Berlín. Fue a principios de los 80. El viaje en coche de Alemania Occidental a Berlín ya había sido bastante impactante. Los kilómetros no eran muchos pero el límite de velocidad era muy bajo, la carretera estaba desgastada y llena de baches y el ambiente desértico que nos rodeaba me transmitía una sensación de inquietud.

Y, de repente, apareció Berlín. Tuve la sensación de poner un pie “en Occidente.” Casi me olvidé de la existencia de la Alemania del Este, la República Democrática Alemana, para ser exactos. Se me olvidó que la ciudad estaba dividida en dos desde el año 1961… hasta que me llevaron a ver ‘el muro’. “Me lo imaginaba más alto…”, fue mi primer pensamiento. Pero, al mirar un poco mejor y ver el gran número de guardias dispersos a lo largo de este con las armas listas para disparar, me di cuenta perfectamente de por qué no era más alto.

A lo largo de su recorrido, había torres a las que se podía subir -bajo la vigilancia de los  guardias- para poder mirar más allá. Tuve la sensación de ver un mundo que se había quedado al menos 30 años atrás. Una imagen en blanco y negro descolorida, como si el mundo que se encontraba a la otra orilla no tuviera color. Sin embargo, a quienes veía caminando, esperando el tranvía, salir del trabajo… eran seres humanos como yo. Ninguno de ellos levantó los ojos para ver “este lado”, para mirarnos. Era como si no existiéramos, como si nuestro mundo no existiera.

Cuando cayó ‘el muro’, yo me encontraba en Corea del Sur por motivos de trabajo. Fue inmensa e indescriptible la alegría que sentí por aquella noticia. Lo que parecía imposible, había sucedido. Fueron muchos los que pensaron que a partir de aquel momento la historia habría cambiado de rumbo y los muros ya no habrían tenido razón de ser.

No ha sido así.

El muro marroquí en el Sahara Occidental, el otro que separa Israel de los territorios palestinos, las barreras entre Arabia Saudí y Yemen; entre las dos partes, griega y turca, de Chipre; entre Bulgaria de Turquía, entre Zimbabwe y Botswuana, las dos Coreas, las dos líneas de control entre India, Pakistán y Bangladesh… La humanidad no ha aprendido nada.

Sin duda, la historia está llena de muros. En el pasado tenían una función defensiva específica, a menudo esencial. Pericles, el inventor de la democracia en la Grecia antigua, tenía la ilusión de ganar la guerra del Peloponeso debido a los grandes muros de Atenas que conectaban a la “polis” al puerto de Pireo, pero 27 años después Esparta ganó a Atenas y derribó los muros. China tiene su Gran Muralla visible desde la luna, que delimitaba el imperio de la dinastía Qin. Los romanos construyeron el Muro de Adriano y el muro de Antonino en la frontera con Escocia. Durante las guerras mundiales, Europa estaba llena de muros fortificados…

Pasando a la actualidad, en Europa, que algo sabe de ‘muros’ y tendría que aprender las lecciones del pasado, se han erigido una valla en Hungría para detener a los refugiados y los migrantes económicos que provienen de Grecia, y otra en Calais por razones similares.

En las últimas semanas, también hace ruido el muro entre los Estados Unidos y México, que Donald Trump quiere ampliar cargando el coste a los mexicanos. En realidad, Trump no ha inventado nada. La mexicana es la frontera más cruzada del mundo y todas las administraciones norteamericanas, desde Reagan a Clinton, hasta Bush, padre e hijo, han intensificado los controles, las patrullas… Ya Reagan habló de los mexicanos como fuente de pobreza, narcotráfico y movimientos ilegales. Trump quiere convencer a los estadounidenses de la impenetrabilidad de sus fronteras.

Pero una manera de pasar por encima de las vallas siempre se encuentra. Asimismo, se fortalecerán las organizaciones criminales que encontrarán la manera de hacer pasar de contrabando a los EE. UU. a cientos de miles de seres humanos. Y la economía de Estados Unidos continuará beneficiándose de la mano de obra barata de los inmigrantes mexicanos.

Es una ilusión pensar que se pueda controlar el flujo de inmigrantes. Los migrantes seguirán fluyendo impulsados por el hambre, la búsqueda del bienestar o de la libertad.

En un mundo que necesita puentes, se multiplican los muros, mientras los puentes son bombardeados, como en Siria.

De hecho, erigir un muro es una manera de admitir que no se encuentra una solución a un problema tan complejo como el de la migración. Pero de posibles soluciones alternativas, pocos hablan; de hecho, muy pocos. Incluso entre aquellos que no comparten las posiciones de Trump o lo atacan abiertamente.

Tal vez hay también otros muros que echar abajo: muros mentales, invisibles, pero reales y, quizás, aún más peligrosos.

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