Hay una palabra que me ha acompañado durante todo el verano, asomándose a mi mente en diferentes lugares y momentos. En julio fui a Turín y, casualmente, entré en el patio de la “Cavallerizza Reale”, una obra arquitectónica que en 1997 fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO; en 2014, ante la posibilidad de que se vendiera dicha propiedad, un grupo de ciudadanos la ocuparon iniciando actividades artísticas y culturales abiertas a toda la ciudad. En el patio, un cartel llamó mi atención, quizás porque lo que estaba escrito subrayaba el sentido de este intento de recuperación del complejo arquitectónico: “Le rêve est realité”. El sueño es la realidad”. Hago una fotografía para no olvidar el sentido que me transmite: el sueño no es una abstracción, es tener una meta que alcanzar, algo por lo que vivir, algo real, por tanto.

Un mes más tarde, a mediados de agosto, casualmente, ya que no estaba al tanto del evento, mientras buscaba un programa en un canal italiano veo en   RAI 1 a más de 70.000 jóvenes de toda Italia reunidos con el Papa Francisco en el Circo Máximo de Roma. La mayoría han venido caminando desde sus ciudades en una marcha de muchos kilómetros, bajo el ardiente calor que azotó a Italia durante ese mes. Las imágenes, sin embargo, no transmiten la fatiga, sino un contagioso ambiente de alegría por estar allí, juntos, para vivir un momento importante. Los jóvenes preguntan a Francisco y el responde. Una chica le dice al Papa que quería estudiar historia del arte en la universidad, que se sentía hecha para eso. Ella había pedido una cita con un profesor de esa materia, muy conocido, un erudito que siempre había sido un modelo y punto de referencia para ella. Quería pedirle consejo. Pero qué desilusión cuando escucha: “Olvídalo, es una profesión donde no se gana dinero, estudia otra cosa, economía, por ejemplo…”. Francisco es vibrante en su respuesta, habla con la chica, pero en realidad la respuesta es también para los adultos. La respuesta es un latigazo: “¡No os dejéis robar vuestros sueños! Los sueños de los jóvenes son los más importantes de todos. Dan miedo a los adultos, quizás porque en la vida han dejado de arriesgar y han puesto en crisis otras opciones en su vida. Los sueños son importantes, mantienen la mirada proyectada al horizonte y nos ayudan a abrazarlo, a cultivar la esperanza en nuestro día a día… Los sueños despiertan, son las estrellas más luminosas, las que muestran un camino diferente para la humanidad. Tus sueños son tu responsabilidad y tu tesoro: dejad que sean también vuestro futuro”.

Y soñaban hace 50 años también aquellos jóvenes checos que, junto a su presidente, Alexander Dubcek, querían construir el “socialismo con rostro humano”. Pero el 21 de agosto de 1968 llegaron los tanques soviéticos para poner fin a la primavera de Praga. Mientras que veo en los medios de comunicación de hoy, 21 de agosto, los reportajes dedicados a esta página de la historia, todavía me resuenan en los oídos los últimos mensajes que durante esas horas se difundieron por la radio de Praga: “No os creáis lo que os dirán”. Esos jóvenes marcaron mi adolescencia porque tuvieron el coraje de dar sus vidas por lo que creían.

También Martin Luther King dio su vida. ¿Quién no ha escuchado su famoso discurso: “Tengo un sueño”?  Un discurso inolvidable ante 200.000 personas reunidas en el Lincoln Memorial en Washington durante la Marcha por el trabajo y la libertad el 28 de agosto de 1963. Como cada año, este 28 de agosto también quise releerme ese discurso: “Tengo un sueño: Que un día sobre las colinas rojas de Georgia los hijos de quienes fueron esclavos y los hijos de quienes fueron propietarios de esclavos de esclavos serán capaces de sentarse juntos en la mesa de la fraternidad…”. Es verdad, entre luces y sombras, el camino es aún largo, pero ese sueño sigue vivo en miles, millones de corazones y mentes. Y continúa haciendo camino.

Y así me encuentro, por un impulso interior, al comienzo del nuevo curso reenfocando, una vez más, mi “sueño”, ese objetivo que me ayudará a levantarme cada mañana con alegría dibujando una sonrisa en mi rostro.  Ese “algo” que me emociona desde lo más profundo del alma, que me motiva, que me hace sentir plena y realizada. Ese algo que me hace vibrar y que trato de transmitir también desde aquí, desde estas páginas de Mujeremprendedora: el amor por todo lo que es verdadero, bello y bueno.

Estoy segura de que incluso tú que me lees no te contentas con cualquier cosa, sino que sigues con todas tus fuerzas tus sueños.

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